La mirada que desvela.
Prólogo.


" El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve. "
A. Machado.


Sólo la mirada nos cambia, en cómo nos ven, en lo que vemos y en cómo lo vemos... Sólo la mirada transforma y dota a la realidad de nuevos significados... Por ello, en todo proceso formativo de una actitud inteligente ante cualquier actividad que implique a la persona humana, existen unas tareas básicas, comunes a cualquier disciplina artística, cuyo desarrollo define un enriquecimiento progresivo de nuestra conciencia, tanto en los momentos de ida como en los de vuelta, tanto por la acción cognitiva sobre la realidad como por la acción reflexiva sobre ella.

Uno de esas tareas centrales es la que consiste en "educar la mirada" mediante dos operaciones que determinan nuestro conocimiento perceptivo de la realidad y que cualifican nuestra capacidad de transformarla: La primera es la donación de significado que permite identificar un objeto, captarlo en su totalidad, y la segunda es el reconocimiento de parecidos, aquello que permite generalizar nuestra percepción. De ida, se identifica y de vuelta, se reconoce. Y cuando algo se reconoce, el artista siente la obligación de relacionarse con ello, siente la obligación del enraizamiento. Un diálogo con las permanencias que, para todo arquitecto, plantea inmediatamente el significado del proyecto como operación cultural en relación con la arquitectura donde la cultura, junto con la naturaleza, conforman los atributos básicos de la realidad en que se inserta la obra. Una realidad que es circundante y preexistente al proyecto y sobre la que inmediatamente se establecen relaciones que tienen que ver con los problemas de continuidad histórica y física. La continuidad en el esfuerzo constructivo se legitima por el respeto hacia dichas permanencias en tanto significan la herencia del pasado y el substrato cultural desde el que la memoria del arquitecto opera. Una memoria vital para su acción creativa ya que el arquitecto sólo proyecta desde la memoria, lo cual significa no hacerlo desde la historia sino desde la elaboración crítica del conocimiento histórico y vital.

La historia tiene un método específico de conocimiento y un fin que no se dirige hacia la práctica, sino que acaba en la interpretación.

Dicha interpretación se transforma cuando, a la descripción de la realidad del pasado, ha de sumarse la proposición de una nueva realidad que no exige una visión general sino unas conexiones particulares, ya que la arquitectura no se mide con la historia sino que fabrica historia sobre la memoria particular del arquitecto.

Este libro del profesor Garza está dedicado, en primer lugar, a la memoria creativa del gran arquitecto Luis Barragán. Una memoria que actuó hacia adentro, hacia su herencia más próxima, y hacia fuera, a la búsqueda de una luz que superara su tiempo presente y le permitiera fabricar historia y referencias culturales que se proyectaran más allá del valor catártico de su experiencia vanguardista de los años treinta, una época de actividad constructiva febril por la que sólo podría haber sido considerado como un representante más de una generación que, subyugada por la novedad del Estilo Internacional, propició la difusión del código arquitectónico moderno por todo el mundo.

En esa mirada que crea memoria, se descubre el valor "original" de sus primeras obras tapatías. Unas obras en las que Barragán debe descubrir el sentido profundo de una tradición que va más allá de los recursos formales heredados, que sugiere un espacio y una luz, un sentido del lugar que pugna por expresarse con otros recursos que no son los coloniales ni los historicistas. Unos recursos que se encontrarán "de vuelta" porque, como dice Borges, "El tiempo que despoja los alcázares, enciende los versos" y años después de visitar sus fuentes europeas, tras una experiencia renovadora que le hace cambiar totalmente de recursos disciplinares, descubre que debe trabajar desde un reconocimiento de los límites que el espacio y la cultura de su país imponen a esa modernidad.

Un país presente pero ausente en la búsqueda de su propio lenguaje arquitectónico. Presente en lo evidente, en la luz y el color, en la tierra y sus gentes, en el pasado, pero ausente en lo no expresado, en lo no evidente, en el futuro, que debe ser manifestado como una realidad nueva, emergente, de lugares sin tiempo y materiales de siempre que se renueva, tal vez tardía y estérilmente, en la "Carta de Guadalajara".

La mirada de Barragán es, como todas las de los grandes arquitectos, sintética y unificadora, capaz de crear vínculos entre su memoria del espacio colonial, de un mundo que se descubre, y la propuesta surrealista de un Le Corbusier que investiga el tránsito arquitectónico y la sorpresa en el ático Beistegui de París, sin olvidar el embrujo mudéjar de la Alhambra de Granada que resume, con toda la potencia de una arquitectura rica pero austera, la fascinación mediterránea descubierta en las imágenes de Ferdinand Bac. Muchos arquitectos de la modernidad hicieron su particular descubrimiento del mediterráneo como contrapunto de esa otra modernidad estricta, reduccionista y pragmática nacida en Centroeuropa. Un descubrimiento enriquecedor, descrito como experiencia marginal hasta ahora, que explica el sentido de gran parte de las últimas arquitecturas de Le Corbusier y que, en Barragán, supone una afirmación específica de sus propias fuentes mestizas que, desde la antigüedad clásica al mundo árabe, se enlazan con la propia realidad mexicana para ampliarla más allá de esa condición local que tanto interés han puesto en etiquetar, como limitación para todos los países iberoamericanos, los hagiógrafos oficiales de la Arquitectura Moderna.

Sin embargo, la identidad transatlántica de la arquitectura hispana, una realidad con idas y vueltas, se reafirma en la obra madura de Luis Barragán que, sin saberlo, construye los mejores ejemplos de una arquitectura buscada por los arquitectos españoles que, en el mes de octubre de 1952, se reúnen en Granada y elaboran el "Manifiesto de la Alhambra", un texto inspirado en el afán por encontrarse a sí mismos en un edificio que, para ellos, no tenía edad: sólo arquitectura. Un texto programático de 24 arquitectos españoles, en su mayoría madrileños, que, el mismo año de su publicación (1953) dentro del número 144 de la Revista "Arquitectura", viene explícitamente referenciado con imágenes de la Casa Ugalde en Caldetas (1951) de los arquitectos barceloneses Coderch y Valls, una de las obras canónicas en el despertar de la moderna arquitectura española posterior a la Guerra Civil. Una ejemplaridad que muy bien podría ensancharse a la no menos dual, mestiza y heterodoxa casa construida por Barragán para sí mismo en Tacubaya, D.F. (1947).

En esta obra y en muchas posteriores, Barragán enlaza su discurso renovador con la tradición de la arquitectura hispana que ha hecho del mestizaje un valor cultural que permite entender su pasado y, sobre todo, su futuro. El mediterráneo ha sido un mar de unión, de relación entre Oriente y Occidente, que se trasladó a las Américas a través de las características de austeridad y misterio que otorgan el gusto por la sorpresa y el contraste de formas y espacios. Un saber que requiere de símbolos no explícitos y cuya relación con la naturaleza la establece el hombre mediante elementos alegóricos que refuercen la idea de permanencia por encima de la de dominio, que protege su mundo interior y que manifiesta una condición mestiza que la distingue de las utopías idealistas de comprensión universal. Una realidad que asume a través de su condición heterodoxa, plural y limitada, con un relativismo que procura la síntesis de elementos aparentemente dispersos antes que honrar la ortodoxia de una integridad teórica y externa, que es fiel al gesto contrastado y mágico del arabesco, a la expresión de una abstracción compleja antes que a la reducción estilística de una abstracción purista.

Este libro también está dedicado al valor que el misterio posee en la arquitectura de Barragán. Por ello se pone el acento en la belleza, la poesía y la irracionalidad sugerente de una arquitectura que ha roto con los convencionalismos académicos, históricos y contemporáneos, al sugerir la presencia vivificante de símbolos, mitos, ritos o "campos de fuerzas" inexplicados pero que están presentes en nuestras vidas, aunque no seamos muchas veces conscientes de ello, y a los que no debemos renunciar por falsos mimetismos de actualidad porque, como señala Tápies en su texto "El arte y sus lugares", si bien "no se puede negar que de hecho ya existe una cierta universalización de la cultura, que en muchísimos casos parece el final de una utopía: un horizonte de sabiduría natural y solidaria que nos une a todos. También hemos aprendido- y la creación artística lo pone de manifiesto- que hay que seguir luchando para que esta unión sea lo contrario de la imposición, de la mezcla indiscriminada y del "todo vale" con que ahora nos quieren hacer comulgar algunos mercaderes".

Sólo en el enraizamiento sobre el espacio para construir un tiempo propio se puede encontrar, con el proceso sensible y la distancia sabia que enseña la experiencia personal de Luis Barragán, la fuente de la verdadera transformación; la fuente de una creación original que mire simultáneamente hacia el pasado y el futuro sin ser rehén ni del pasado ni del futuro; el soporte de una práctica plural y creativa que supere la reiteración de modas informativas y descubra como un valor irrenunciable el de la mirada que conforma realidades preexistentes con un nuevo sentido arquitectónico que actualice un esfuerzo permanente de afirmación cultural: La mirada que desvela.



Pamplona, abril de 2004.

Prólogo a la publicación "Mirar y transformar. La herencia hispana en la arquitectura de Luis Barragán" del arquitecto Ángel Antonio Garza Sastré.



Autor
Miguel Alonso del Val


Fecha
Abril 2004


Publicación
Universidad de Navarra. Pamplona, España.