Eternidad o muerte en la arquitectura



La revisión histórica de las ciudades confirma a la arquitectura como la búsqueda pública de eternidad. Una vez que se hubieron satisfecho las necesidades básicas del hombre en forma de un recinto habitable que le protegiera de la inclemencia exterior, otros requerimientos de mayor orden tuvieron que ser atendidos: la organización grupal, la identidad comunitaria. Una vez más la edificación juega un factor relevante en la materialización de las ideas. Prácticamente en toda sociedad, se reconoce la jerarquía de la esfera pública sobre la privada, y entre las casas de madera, barro y juncos, comienzan a destacar plazas, templos y palacios hechos en piedra. La diferencia en tipología conlleva una complejidad mucho mayor: los materiales son más pesados, se tienen que transportar desde zonas más apartadas, hay que construir más alto.

Un hombre puede levantar una choza; una ciudad, construir una catedral. Las sociedades más avanzadas desarrollan técnicas e ideas arquitectónicas que los identifican culturalmente; las ciudades tienen en sus edificios una herencia que trasciende generaciones. Esta misma concepción universal del edificio como huella y testigo de sus constructores provoca que el grado último de la guerra no sea invasión territorial o la aniquilación del enemigo, sino la destrucción de sus ciudades como símbolo del fin de la cultura.

Por otro lado, no solo los conflictos bélicos o desastres naturales se traducen en la destrucción (y reconstrucción) de las ciudades. La dinámica misma de la evolución urbana genera cambios en su morfología: el crecimiento poblacional provoca la necesidad de vivienda, de sitios de trabajo; la evolución sociopolítica lleva a la edificación de palacios, senados, casas de gobierno; la actividad económica y la interacción con otras ciudades genera un mayor intercambio comercial que debe tener cabida en plazas o mercados; la complejidad cultural demanda escuelas y universidades para la educación, templos para la religión, academias para las artes. Con todo esto, es el paso arrollador de la tecnología la que da pie a la mayor reconfiguración de las ciudades y al surgimiento de inéditas tipologías de edificios, sobre todo a partir de la Revolución Industrial: los nuevos procesos de producción se gestan en fábricas y talleres, los insumos se resguardan en bodegas, aparecen las estaciones de ferrocarril, las calles tienen que adecuarse a los nuevos medios de locomoción. Todos estos cambios son impensables sin las posibilidades constructivas de materiales novedosos como el acero, el concreto armado. La ciudad industrial demanda una mayor mano de obra, dando inicio a la era de la sobrepoblación urbana. Edificios de habitación colectiva en múltiples niveles atienden la necesidad de vivienda de la población; museos, zoológicos y cines constituyen nuevos ámbitos recreativos dentro de la misma ciudad. El crecimiento urbano es a la vez crecimiento en territorio y en densidad.

El ritmo evolutivo de las ciudades mostró su tendencia exponencial en el siglo XX, un ritmo que no decae. Como si se tratara de modas pasajeras, los artículos de tecnología de punta se muestran obsoletos en cuestión de un par de años. También en la arquitectura, las ciudades del mundo consumen (y desechan) edificios de corto plazo: restaurantes de comida rápida, discotecas, tiendas de moda. Muchos otros edificios quedan obsoletos rápidamente no por obedecer a una función específica, sino por falta de una adecuada planeación.

Vale la pena cuestionar la validez actual de una de las nociones fundamentales de la arquitectura: su permanencia, y más con la importancia que se le asigna en nuestro país. La construcción sólida y robusta de la casa de sillar de los abuelos era fundamentada en la eficiencia de heredar la vivienda a las generaciones posteriores; la visión de una construcción duradera hacía pensar a largo plazo solamente en costos por mantenimiento. La construcción masiva de casas de interés social en block y concreto no tiene la misma fundamentación, pues además de pocos metros de construcción, cuentan con una nula capacidad de crecimiento útil. Aunque la publicidad vende una supuesta “preparación para segundo piso”, lo único cierto que ofrecen son unas varillas oxidadas despuntando de los castillos en las esquinas. ¿Cuánta capacidad tendrá esa casa para soportar el crecimiento natural de la familia? ¿La localización de tales fraccionamientos responde a una planeación idónea de vivienda, o más bien surgen en la periferia de las ciudades por el bajo costo de los terrenos suburbanos? ¿Cuál será el período de caducidad de tales desarrollos, hasta que por fin se requiera una avenida de mayores dimensiones y se tengan que demoler un par de cuadras? ¿Cuál es el costo final por el proceso de edificar en serie, demoler, construir otra vez?

Hay dos visiones que presentan una respuesta a la discordante situación de construir algo que se tendrá que remover luego. La primera visión es lógica (aunque no ejercitada habitualmente en nuestras ciudades mexicanas), involucra la planeación. Planeación que involucra un sinnúmero de variables (climatología, topografía, hidrología, vialidades, logística, demografía, ecología, economía, política), aunque el mayor reto es tratar de visualizar estas y más condiciones a futuro. La evolución social y la evolución urbana al ritmo actual dificultan cada vez más dilucidar la localización ideal del presente será o no la mejor para el mañana.

La segunda visión no se contrapone con la primera, e incluso puede ayudar a subsanar su rango de error, involucra el considerar construir a corto o mediano plazo. Ambas posturas deben incidir el proceso desde su inicio, en la fase de diseño.

La demolición de un edificio involucra un costo monetario activo (por la maquinaria y mano de obra requerida al momento de la destrucción) y un costo retroactivo (al perderse el capital empleado en primera instancia para edificar). Involucra también un alto costo ecológico, ya que la energía e insumos empleados en el proceso constructivo se desperdiciarán por completo. El escombro generado por construcciones y demoliciones representa un alto porcentaje de residuos que posteriormente habrá que contener de manera apropiada (al costo que se requiera).

La mirada tradicional considera un ciclo de vida del objeto arquitectónico consistente en su gestación y nacimiento (diseño), crecimiento (construcción) y desarrollo (ocupación y mantenimiento), pero no contempla su muerte (demolición), y esa falta de previsión genera las pérdidas antes analizadas.

El planear con antelación el período de vida esperado para una obra arquitectónica permite sencillamente asignar los recursos que requiere el edificio durante su ciclo. Así como la construcción requiere un proyecto ejecutivo de construcción, es factible pensar en la necesidad de un proyecto ejecutivo de de-construcción o de-edificación. Mientras el término “demolición” involucra aspectos destructivos (el diccionario cita como sinónimo la palabra “arruinar”), el “desmantelamiento” de un edificio involucra el rescate no sólo de materiales sino de elementos constructivos completos (ventanas, puertas, ductos, e incluso elementos estructurales). La eficiencia al construir y remover un edificio depende del diseño, de la selección de materiales, la aplicación de elementos modulares que puedan ser utilizados más tarde en nuevos edificios. Posiblemente en este factor radique la verdadera posibilidad de continuidad que ahora es ficticia en muchas construcciones. En tanto que existen también vertientes que buscan el avance de procesos industriales de reciclaje de materiales constructivos, recordemos que la eficiencia energética requiere que este sea un paso posterior a la reducción y la reutilización. Esta práctica es común desde hace décadas en Europa y sus ventajas económicas son tan evidentes como las ecológicas.

Al prever el ciclo de vida de un edificio y dedicando el esfuerzo pertinente tanto a aquellas obras que merezcan permanecer en el tiempo, como a aquellas que tendrán una vida efímera, acaso se logre un mayor equilibrio en la evolución de nuestras ciudades.

Autor
Oscar Fdo. Mendoza Lozano


Fecha
Marzo 2007


Publicación
Periódico Factor