Un mundo conectado. El contexto global de la educación basada en competencias


Una de las condiciones características del siglo XX fue su propensión al cambio. Nunca antes en la historia la humanidad había sido testigo de tal velocidad en la aparición de revoluciones sociales, descubrimientos científicos, movimientos culturales, innovaciones tecnológicas. Una gráfica cronológica que denotara el avance de la humanidad en cualquier rubro revelaría al siglo XX como la curva exponencial donde el ritmo de cambio es más intenso. No es de extrañar entonces que como consecuencia de esta explosión de conocimiento y de tecnología, la noción de un mundo abierto y conectado surgiera durante este siglo.

Si bien durante los años 1960s las más relevantes publicaciones de teoría de la economía popularizaron el término “globalización” como una reducción (o una teórica abolición) de las barreras entre países para liberar el intercambio de capital, bienes, servicios, o trabajadores a una escala mundial, una acepción aún más amplia de la palabra incluye no sólo la interconexión mundial en un rango económico, financiero o productivo, sino también desde la perspectiva política, sociocultural, de las ideas, e incluso las comunicaciones. Desde el punto de vista de la cultura, el Oxford English Dictionary (2000) ha definido el término como la visión holística de la experiencia humana en la educación.

En realidad se puede argüir que la globalización es un proceso social complejo en marcha desde hace siglos: los caminos, los medios de transporte y las comunicaciones han tendido lazos de conexión intra e internacionalmente. El tiempo como consecuencia de la velocidad, se ha acortado en los procesos de interacción de las personas. Más allá, incluso, habría que reflexionar que no solo los medios han acortado las distancias: las fronteras nacionales en sí mismas han estado en constante transformación como consecuencia de la interactividad político-social.

Ante un contexto de alta interconectividad internacional, no han sido pocos los ejemplos de cooperación educativa entre países. Un caso notable es el establecimiento en 1968 de la Organización del Bachillerato Internacional en Ginebra, Suiza. Esta organización se funda con la intención de homologar cursos de estudios y estandarizarlos internacionalmente, de manera de establecer criterios bastantes para demostrar la cualificación de sus estudiantes (originalmente, una alta proporción de hijos de diplomáticos) para su admisión en programas universitarios. Posteriormente abierto a una población más amplia, la misma naturaleza del programa promueve la movilidad internacional de los estudiantes. Otro caso digno de mención es el Programa Erasmus de intercambio estudiantil a nivel europeo, establecido en 1987. Constituye la estructura operacional por medio de la cual la Comisión Europea (cuerpo ejecutivo de la Unión Europea) promueve sus iniativas de educación superior. Aún cuando en materia de ciencias y educación la Unión Europea tiene un rol limitado y supeditado a los gobiernos nacionales, mediante el Proceso Bolonia, la Unión Europea busca la creación de un Espacio Europeo de Educación Superior, y tiene como uno de sus primeros objetivos la compatibilidad en estándares de calidad y de grados académicos.

Estos casos ejemplifican la relevancia del contexto internacional en la generación de políticas educativas nacionales. Si la política dicta una apertura sociocultural e intercambio científico y educativo con otros países, la política educativa en lo particular verá reflejado en su espíritu tales intenciones.  Lucía Tarazona cita a Martín Carnoy explicando que los efectos de la globalización son filtrados a través de las estructuras del Estado-nación. De esta manera, las políticas de educación nacional dictadas por los ministerios educativos de los gobiernos estatales deciden el grado hasta el cual la globalización afecta la educación del país.

Por otro lado, es claro que las experiencias previas en diferentes ámbitos de la vida de un país se convierten también en aprendizaje para otros países. Un estudio a detalle de las condiciones previas y el contexto específico de cada elemento conformante de una política educativa en un país puede aportar la información necesaria para revisar la factibilidad de la aplicación de tal método o instancia en un país diferente. Sin esa clase de estudio, no ha sido infrecuente que los países en vías de desarrollo traten de copiar estrategias educativas del primer mundo sin observar los contrastes contextuales y fracasando por completo.

González Apaolaza (1997) cita una propuesta experimental para modernizar la capacitación del trabajador industrial mexicano. Es posible revisar el contexto sociopolítico que da cabida al proyecto: escasos años posteriores a la firma del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. El objetivo subyacente: mejorar los métodos de generación de riqueza para insertarse competitivamente en los mercados internacionales. La primera fase del proceso involucra el estudio de modelos extranjeros de promoción del alto rendimiento del trabajador en los sistemas productivos, y para esto se definen como ejemplos el modelo inglés (se consideró su concepto de normalización nacional y clasificación de competencia laboral), el modelo australiano (enfoque integrador  de competencias formativas de conformación curricular) y el modelo alemán (su aportación sobre pedagogía laboral). Desde el planteamiento mismo, se revela el idealismo en la búsqueda de modelos a copiar para la inserción de México en el primer mundo. Retrospectivamente tenemos que reconocer el experimento como fallido.
Autor
Oscar Fdo. Mendoza Lozano


Fecha
Enero 2012


Publicación
Periódico Factor