Los espejismos del tercer mundo. La aldea global y las sociedades del conocimiento


El contexto internacional más estrechamente entrelazado por medios de comunicación y transferencia de información, así como la interconexión de economías y políticas liberales y de libre comercio equivale a un panorama abierto a la competencia. Ese es el reto, para muchas de las economías emergentes latinoamericanas (el cambio mismo del término “tercermundista”, que refleja inmovilidad, al de “emergente” es revelador): entrar en el panorama global y aspirar a la competitividad.

La sociedad de la información (considerada la gran revolución cultural después de la era industrial) se basa en los progresos tecnológicos, en la instantaneidad de la transferencia de datos. Como fenómeno codependiente de la globalización, presentó prometedoras perspectivas económicas y sociales como los conceptos de la “nueva economía” y el “boom” de la competitividad (Sampson, 2005). El precepto de la competitividad como mecanismo liberal de jerarquización laboral (en el caso de los individuos) o jerarquización financiera (en el caso de las naciones, las bancas, o los corporativos multinacionales) propició un enfoque en la preparación profesional, el conocimiento de las tecnologías informáticas, las competencias laborales y la inserción en una cultura multinacionalmente uniforme (el manejo del idioma inglés, como el ejemplo más claro) como los medios requeridos de inserción laboral (Cariola et al. 2003).

Las nuevas incógnitas surgidas en este contexto yuxtaponen a la idea de la sociedad de la información la noción de las sociedades del conocimiento, un concepto inclusivo en el que se argumenta que la disponibilidad de la información (hechos, datos duros) no equivale a la interpretación de la misma. Aquí es donde el análisis de la aprehensión cultural, la pedagogía y el proceso educativo cobran una importancia vital.

Si se ha hablado de la confusión latinoamericana del progreso como panacea ideológica, habría que recapacitar que la noción misma de la globalización es motivo de debate, y mientras unas sociedades pueden enarbolar el concepto como objetivo o como representación de la evolución en el panorama mundial, otras bien pueden ir ya de regreso y cuestionar la globalidad como aspiración, y tratar de enfocar su atención y sus políticas en los aspectos particulares de la sociedad que la vuelven única, y no tanto en los aspectos económicos y culturales que nublan sus diferencias y la estandarizan frente al exterior.

Aún bajo esta perspectiva, es innegable la transición de la isla a la aldea global. José Joaquín Brunner (2001) menciona que la globalización incide en los contextos en los que se inserta la educación en cinco dimensiones particulares: acceso a la información; acervo de conocimientos; mercado laboral; disponibilidad de nuevas tecnologías para la educación; y socialización de los mundos de vida. Cada fase revolucionaria en la historia de la cultura, desde la generación del lenguaje hablado y escrito, pasando por la invención de la imprenta ha generado un vuelco en la cantidad y calidad informativa disponible. El siglo pasado fue determinado por esa clase de revoluciones sucediéndose con una frecuencia vertiginosa. Es entonces factible analizar el contexto educativo actual como un espacio poco explorado donde el volúmen de información es abrumador, donde la disponibilidad es prácticamente inmediata y en el que las herramientas de comunicación son cada vez mayores en cantidad, y por las mismas condiciones de mercado, posiblemente también más asequibles para un público más amplio.

Al final, es preciso también hacer la reflexión que la noción misma de la globalización (en particular en el sector educativo y cultural) era justamente la aspiración de las instituciones medievales que conformando grupos especializados de maestros y aprendices buscaron una heterogeneidad (un universo) de ideas, una confrontación enriquecedora de visiones diferentes, bajo el nombre revelador de “universidad”.

La idea base de las sociedades del conocimiento no aspira (como la sociedad de la información) a la homogeneización o la unicidad, sino a la universalidad. Toman en cuenta la multiculturalidad como factor fundamental del reconocimiento cultural y educativo, y no la considera un obstáculo a ser sorteado por las tecnologías de transferencia de la información. Por lo tanto, no se aspira a seguir modelos extranjeros de mercado, de producción, o de educación. Se comparte una visión, pero se encara desde la cultura propia. Las experiencias externas nutren la experiencia local, y viceversa.

Al evitar la confusión de la información con el conocimiento, los aspectos más cuestionables de la globalización llegan a suavizarse. Olvidarse del determinismo tecnológico o la visión mecánica de la innovación, es decir, descartar los atajos o las soluciones instantáneas a los problemas educativos, es una de las responsabilidades definidas para aspirar al estadio de las sociedades del conocimiento. Esa aspiración representa justamente la confesión de que incluso en un panorama globalizado, nuestro tiempo no es aún el de las sociedades del conocimiento: un buen paso es tener la humildad de reconocer que apuntamos a un panorama utópico o una meta posiblemente asequible, pero a la que no hemos llegado todavía.
Autor
Oscar Fdo. Mendoza Lozano


Fecha
Enero 2012


Publicación
Periódico Factor