Desafíos para el futuro. Prospectiva de la educación basada en competencias en México


Si hay un camino en el que ha logrado México un avance significativo es en alcance de la educación a prácticamente todos los sectores poblacionales, aún los más pobres y marginados. La analfabetización se ha abatido en porcentajes considerables. Estos problemas graves y fundamentales han sido combatidos a lo largo de decenios. Aunque no se puede considerar cien por ciento resuelto, es momento de cambiar de prioridad, atender una problemática de mayor complejidad. No se puede enfocar los esfuerzos a visiones totalizadoras (“todos necesitan saber leer y escribir”, “educación básica para todos”), sino que es necesario atender a la pluralidad. El sistema debe tender a un equilibrio, y la propuestas actuales en materia educativa, tal como las incluidas en documentos como el Programa Sectorial de Educación 2007-2012 o la Reforma Integral de la Educación Media Superior, se dirige a la creación de un marco curricular común que cuente con la flexibilidad para incorporar la diversidad de intereses de los estudiantes. 

Otro de las temas clave tiene que ver con las finalidades de la educación, como lo menciona César Coll (2009), cuestionar cuál es la importancia real de una formación escolar. Habría que reflexionar ampliamente –antes de emitir alguna respuesta memorizada y desgastada—sobre la obligatoreidad en los grados escolares dentro del marco curricular. Confundir el incremento de los años de escolaridad básica obligatoria con el incremento en niveles de calidad educativa es un error común, pero no por eso menos perjudicial.

Es popular la percepción que las sociedades con mayor desarrollo tienen un altísimo porcentaje de profesionistas o que tienen una escolaridad mínima que incluye uno o varios posgrados. Nada más alejado de lo cierto. Existe, sí, un alto grado de capacitación, y las percepciones económicas no presentan brechas abismales entre un técnico o un licenciado. Pero el éxito social de las políticas educativas de gran parte de los países desarrollados corre más bien sobre el hecho de reconocer la importancia fundamental de todo trabajo bien hecho (ya sea el de un doctor, un carpintero, un consultor financiero o un electricista), la correcta remuneración por el trabajo bien realizado, y la alta capacitación para esa labor profesional.

Precisamente a esa pluralidad en intereses de los individuos (además de la multiplicidad de las necesidades funcionales de la sociedad que les da cabida) debiera hacer referencia una correcta política educativa basada en competencias. Si se busca la generación de competencias para la vida y para el trabajo, en primera instancia tenemos que reconocer las diversas formas que el trabajo puede tomar, y reconocer que muchas de esas competencias deban surgir en un proceso de experiencia práctica profesional y no necesariamente en un aula escolar con métodos pedagógicos obsoletos.

Bajo el marco de formación de las políticas educativas mexicanas mencionado por el Programa Sectorial de Educación 2007-2012 o la Reforma Integral de la Educación Media Superior, se destaca la reorientación de los contenidos educativos para el fortalecimiento del desarrollo de competencias y habilidades en al menos cuatro grandes sectores: la educación básica, la educación media superior, la educación superior y la formación para el trabajo.

Un reto fundamental es la necesidad de la evaluación de logros y avances en los programas propuestos. Para esto se debe generar una serie de estándares con el fin de comparar objetivos y resultados periódicos obtenidos por distintos actores del proceso pedagógico: los estudiantes, los profesores, las instituciones de educación.

Aquí entra uno de los puntos más conflictivos en las interacciones de los diferentes actores del panorama educativo del país: la rendición de cuentas.

Es cierto que como consecuencia de la profesionalización deseable de los docentes corresponda una serie de criterios de evaluación educativa: como un proceso científico deberíamos ser capaces de evaluar los beneficios de cada detalle de las políticas de educación. Sin embargo, lo que apunta Angel Díaz Barriga es que en nuestro país las evaluaciones son percibidas como instrumentos sancionadores, tanto por docentes como por los estudiantes. Entonces, la evaluación se percibe como un fin y no como un elemento de medición y como herramienta de apoyo al aprendizaje. 

De aquí se desprende otra de las complicaciones reales por sortear para la estructuración de las políticas educativas con enfoque en competencias, los mecanismos necesarios para la instrumentación de una reforma educativa. Es un hecho, si se han percibido logros significativos con la utilización del enfoque de competencias en la educación, si se ha optado por seguir dicho camino a nivel de políticas públicas nacionales, entonces el perfil, la orientación y los conocimientos deben de permear hacia todos los elementos del sistema: las universidades deben de mostrar la aptitud en la adopción del enfoque, los profesores deben ser debidamente capacitados,  instruídos y profesionalizados, para que los estudiantes obtengan realmente una educación integral donde consistentemente estén trabajando en la generación de tales competencias (habilidades, conocimientos, valores y actitudes). Las reformas educativas no pueden estancarse en los planes de estudio.

Es fundamental, entonces, la correcta planeación de las vías para la formación del personal docente. Establecer los procesos adecuados para la gestión escolar bajo un enfoque muy diferente al que han operado durante décadas. Se tienen que proponer programas de tutorías, programas de generación de becas para impulso de estudiantes sobresalientes. Para las instituciones mismas se deben de cumplir mecanismos de certificación complementaria como medios de acreditación de una correcta participación en el programa.

Lo mismo, habría que restablecer un sentido de la responsabilidad última del proceso activo del aprendizaje en los estudiantes. Las discusiones en torno a la educación y la pedagogía suelen moverse en territorios conocidos, que incluyen la crítica a la postura cómoda de los estudiantes como receptores de una enseñanza, y que luego pendula hacia el polo opuesto que dicta que el profesor debe ser creativo, ameno y divertido para captar la atención del estudiante y motivarlo a aprender. Los alumnos no pueden fungir solamente como receptores de lo que César Coll menciona como cultura de consumo (en una hipérbole de la economía del consumo) Aquí nuevamente el peligro inminente está en el espejismo de las tecnologías de la información y la comunicación como remedio instantáneo ante lo que habría que diagnosticar firmemente como la indiferencia o la incompetencia de los estudiantes.

Los extremos son peligrosos. Y en definitiva, el proceso de enseñanza-aprendizaje requiere de indicadores de calidad hacia uno y otro lado.

Finalmente, hay que volver a un punto anterior en el que se menciona la desafortunada tendencia latinoamericana de aferrarse a imágenes de redención automática, muchas veces modelos adoptados desde realidades externas. Bien haríamos en no elevar a la educación basada en competencias a un concepto idealizado. Menciona César Coll (2009) que, es cierto, el enfoque en competencias presenta resultados favorables, que los enfoques curriculares basados en competencias pueden ser una plataforma útil para abordar algunos de los desafíos educativos. Y de manera crítica, remata diciendo que, hasta ahora, no han sido suficientes para solucionarlos.

La naturaleza de una gran parte de los problemas que aquejan nuestro país es compleja, y tiene raíces tan diversas como profundas: corrupción política,  injusticia histórica, resentimiento social, discriminación racial, desigualdad económica insalvable.

Un punto de coincidencia en el diagnóstico de cada uno de esos males, sin embargo, es el rol que juega la educación, si no como solución inmediata de los mismos, muy probablemente como medio de prevención, como la vía para romper los círculos viciosos que los eternizan. La educación: nuevamente en su expresión de pureza ideal, entendida como la búsqueda de la verdad, como el medio para conseguir el fin último de transformar al hombre desde el conocimiento. La educación, como la esperanza válida de redención para nuestro país.

Esa debe ser la visión que mueva los engranajes de la política educativa del país, la meta a la que aspiramos de manera ideal. El concepto mismo de esa “visión idealizada” nos debe hacer reflexionar que no podremos alcanzarla a plenitud, pero que tanto los esfuerzos personales y cotidianos, como los esfuerzos colectivos y extraordinarios (desde el empeño del profesor de preescolar por actualizar sus métodos de enseñanza, hasta las reformas políticas y educativas que los legisladores deben alcanzar) deben ser guiados por ese ideal.

No hay atajos en ese camino: no esperemos encontrar la vía fácil en las experiencias adoptadas del exterior, ni en las tecnologías de información y comunicación, ni en el fenómeno de la globalización, ni en la educación basada en competencias. Aprendamos de nuestra historia y no cometamos los errores que hemos cometido una y otra vez en el pasado.

El problema educativo a nivel nacional es de gran complejidad, y el primer paso para solucionarlo es, definitivamente, el reconocimiento de nuestras deficiencias. Podría ser fácil perderse ante tanta información, pero es clave el observar los muchos puntos de coincidencia en las soluciones posibles que pueden incorporar los programas educativos, según han coincidido los especialistas y los documentos anteriormente estudiados: establecimiento de criterios de calidad educativa, definición de los mecanismos de instrumentación de la política de educación (formación docente, gestión escolar, tutorías, programas de becas), la necesidad de la evaluación de logros y avances del programa.

Si el sistema educativo mexicano es capaz de establecer con toda propiedad estos tres elementos fundacionales para la instauración del programa, se habrán sentado bases sólidas (y lo suficientemente flexibles) para poder instaurar cualquier otro programa nacional educativo, lo cual sería profundamente importante. En este momento la tendencia pedagógica apunta hacia la educación basada en competencias, así como anteriormente apuntaba hacia el constructivismo o al conductismo. Así posiblemente después vendrá una corriente filosófica o pedagógica de contracorriente que denote las carencias que el sistema actual pudiera reflejar. Nuestras esperanzas no deben situarse ciegamente en la fe de la educación basada en competencias, pero sí en las estructuras educativas nacionales que debemos reformar y actualizar. En eso consiste el reto primordial de la política educativa pública.
Autor
Oscar Fdo. Mendoza Lozano


Fecha
Enero 2012


Publicación
Periódico Factor