Destrucción selectiva de edificios y monumentos en Monterrey



This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.
T.S. Eliot.


La arquitectura es la memoria construída de la sociedad. Los héroes y los logros de una ciudad perduran en la piedra de sus monumentos y edificios. Los villanos y las derrotas históricas deben recordarse para evitar su repetición, pero nunca han merecido el protagonismo de una placa conmemorativa.

Si bien los edificios históricos permiten a la gente establecer vínculos con el pasado, no todos los recuerdos merecen permanencia.

Así como un buen proceso de psicoanálisis, la ciudad crítica debiera enfrentar sus demonios y exorcisarlos, no ignorarlos, enterrarlos o trivializarlos.

De nada ha servido al regiomontano trabajar con la cabeza gacha y lamentar casi a escondidas lo mal que lo hace la clase gobernante.

Berlín no descansó hasta ver demolido el muro cuyo trazo era una herida abierta en su historia y en su memoria colectiva.

La evolución de las instituciones democráticas en Rusia y el proceso de eliminación del culto a la personalidad llevó a referendos donde los cuidadanos borraron la toponimia soviética Leningrado y Stalingrado para San Petersburgo y Volgogrado.

Mientras que la ciudadanía de Monterrey y sus municipios conurbados acepte ciegamente la corrupción política, la depredación urbana, la devastación ecológica y la malversación económica, el equilibrio urbano será imposible.

La planeación o el sentido común no parece distinguir a la clase política regiomontana.

Solamente en 2014, se ha propuesto unilateralmente la ubicación de oficinas gubernamentales en la sede de la Escuela de artes Adolfo Prieto, se ha impuesto la construcción de edificios de estacionamientos en algunas de las pocas áreas verdes públicas que forman parte del patrimonio cívico (Parque Fundidora, la plaza contigua al Congreso de Nuevo León), y se ha anunciado el fatídico proyecto de conducir agua desde Tamaulipas a la capital neolonesa (Proyecto Monterrey VI). Estos estropicios se suman a proyectos financiera y técnicamente inaceptables como la Torre Administrativa o el Par Vial Constitución-Morones Prieto.

La indiferencia ante la injusticia raya en la complicidad. La preservación de los edificios y monumentos que la simbolizan es también una metáfora de la aceptación de su significado.

La naturaleza ya se ha hecho escuchar: el Santa Catarina ha reclamado con su torrente el cauce que algunos se niegan a reconocer como río. Destruídas avenidas, pasos deprimidos, y rutas escultóricas que jamás debieron ser construídos. El altísimo costo de miles de millones de pesos es nada si consideramos el paso en la dirección correcta hacia la recuperación de la naturaleza.

El resto depende de los ciudadanos, con los arquitectos, ingenieros y urbanistas en la primera línea de batalla. Aprovechar la indignación y el hartazgo social del México de finales de 2014 ante la injusticia, impunidad, corrupción e incompetencia gubernamental y asentar el capítulo en el libro histórico que es (debiera ser) la ciudad. La extirpación de algunos edificios y monumentos regiomontanos que destacan como emblemas del malinchismo, la corrupción, de la falta de respeto a la historia local, el entorno natural, la arquitectura vernácula, la originalidad... en una búsqueda de la liberación cultural.

No negociable.

No más.

Explosivos y voladura como instrumentos quirúrgicos.

El nacimiento de un verdadero espacio público, urbano, democrático, justo en el sitio del sacrificio ritual y ante los ojos de todos.

Así se terminan nuestros complejos: con un estallido, no con un lamento.

Autor
Oscar Fdo. Mendoza Lozano


Fecha
Diciembre 2015


Publicación
Carnem: Arquitectura en crudo